viernes, 21 de noviembre de 2008

Y cruzaron el disco…


I) Vareando

Siempre me caía, con quien fuera que me secundara. Andar en el petiso prestado por mi tío Alberto era un privilegio de cumpleaños, veranos de enero a principios de marzo repletos de visitas familiares, o reuniones de amigos que venían, con la excusa de andar a caballo, a zambullirse al tanque que teníamos en el patio de casa.
Éramos tres hermanos en aquel entonces –luego se sumarían más- y cada uno traía a un compañero o amigo de algún barrio prestado. Vivíamos en una casa alejada de cualquiera que viviera en Bell Ville y todos caían en bicicleta para bajarse al llegar y montar a Mercurio, el primer animal al que me subí y dirigí sin mucho éxito. Dábamos vueltas en un terreno de mi papá, de pastos perdidos y olor a tierra seca que había al lado de mi casa.
Escena uno: yo con las riendas en mano, Nino, el hijo de la mejor amiga de mi mamá, agarrado de mi cintura, más asustado que cuando se tiraba en el tanque sin saber nadar. Cuatro pasos de Mercurio caminando, cuatro pasos al trote, ambos niños aferrados, uno a las riendas, otro a la jinete; fracaso, al suelo. No sé como era la imagen de corrido, tipo película, desde la distancia solo veo los fragmentos. Nadie se asustaba, al contrario, causaba gracia, incluso a los mayores que veían de lejos y algo distraídos el flagelo. Solo mi papá estaba atento, y ayudaba a levantarnos. Escena dos: idéntica a la escena uno, con el mínimo cambio de quién secundaba: un primo, una amiga.
Cuando todos se iban de casa y el barullo de nenes cesaba, nos metíamos adentro y desde la ventana mirábamos a Mercurio. Se quedaba solo, atado al peral podado, tomando agua del balde que había sido de pintura, o intentando abrir con su trompa la canilla para saciar la sed. Era habilidoso para eso, pero no sabía cerrarla.

En algún momento el petiso desapareció de nuestras vidas, y tampoco recuerdo el momento en que entró al patio de casa la potranca que vino a reemplazarlo para nuestro divertimento, Manuela. Yo odiaba el nombre que le habían puesto porque era de persona, y porque una de mis muñecas se llamaba así, pero igual la montaba con orgullo; era la única de mis hermanos que me animaba.
A Manuela el pelo tostado le brillaba más a la sombra que al sol, y tenía siempre olor a limpio. Las crines estaban parejamente cortadas y arregladas, y yo me encargaba de peinarla. Siempre trataba de acercarme muy despacio porque con cualquier movimiento brusco se espantaba, me subía a uno de los banquitos de piedra del patio y le pasaba el cepillo. Me fascinaba ver cómo, sin mover su cuerpo sino tan solo el cuero cabelludo en toda su extensión, se sacaba las moscas que le revoloteaban alrededor.

No recuerdo más que esos primeros contactos con caballos cuando todavía no era conciente de que quería ser jocketa. Recién al cumplir doce años mi tío me empezó a llevar a su stud de Villa María que tenía con un socio. Era propietario de algunos potros que corrían en cuadreras y me decía que podía conducir alguna vez. Yo solo sonreía levantando los hombros y bajando la cabeza. En el stud “La Villa”, el Negro era el que cuidaba los caballos. Cuando lo encargaban de niñero, vigilaba que sus animales me llevaran a trote, porque sabía que en cuanto se descuidara yo le daría unos talonazos a los costados y arrancarían galopando con todo.
En el stud fue la primera vez que monté a un futuro caballo de carreras. Debutaría seis meses después. No tenía nombre. Era zaino, opaco y elegante. Los cuartos traseros le resaltaban y tenía una cola larga y negra, extrañamente más brillosa que el pelo del cuerpo. El Negro me hizo piecito y subí de un envión. Le pegué a los costados para que camine y en el impulso se me aceleró el ritmo del corazón. Seguí tranquila con las riendas bien parejas para que no se ponga mañoso, pero no funcionó. Aligeró el paso y, creo, abrí los ojos más grandes de lo que los había abierto jamás, y miré para atrás. Se apresuró más y del trote pasó al galope. Adelante solo había campo. Mientras el Negro, inútilmente, me gritaba “¡emparejá las riendas y tirá pa’ tras!”. Trate de tornearlas para que vaya doblando en semicírculo y así volver adonde había empezado, porque tirarlas para atrás no había funcionado en ninguno de los diez intentos. El tranco del animal fue disminuyendo en velocidad, y se detuvo a dos metros del Negro. Cuando me ayudó a bajar del caballo me dijo “podrías ser jocketa, nena”. Como siempre, escondí el cuello, levanté los hombros y sonreí. Pero adentro me quedó sonando “jocketa”; tenía musiquita, un ritmo agradable.

Mi salida heroica del galope enloquecido del zaino me dio seguridad. Empecé a ir más seguido al stud y a la tercera o cuarta vez conocí a Martín, el que le vareaba los caballos a mi tío y los preparaba para las cuadreras. Era un tipo muy tímido y su figura se acoplaba a su personalidad: petiso, un metro sesenta, flacucho, con las muñecas más finas que las mías, y unos tobillos de bailarina. Siempre estaba encorvado y cada vez que le preguntaba o pedía algo, evitaba ágilmente el contacto visual y respondía a mis pedidos como distraído con otras tareas.
Cuando se olvidaba de que alguien lo estaba observando, su espalda arqueada se mantenía igual, pero se lo veía mucho más relajado, y podía pasar media hora apoyado en el borde de la puerta del box, mirando como los caballos dormían o digerían la avena. Había veces que yo llegaba al stud sin previo aviso y me acercaba a los boxes en puntas de pie para que no me escuchara. Pero una vez no lo vi. Empecé a buscarlo por todos lados, me metí en su casa, rodeé el galpón, los boxes. Hasta que empecé a sentir unas vibraciones en el piso y fui caminando hasta el terreno de al lado. Martín estaba trotando arriba de Robledo, uno de los mejores caballos que mi tío tenía en esa época. Era la primera vez que lo veía realmente distraído, tranquilo; él sabía que nadie lo estaba observando mientras hacía de jinete profesional. Tenía actitud, cierta elegancia en la forma en que tomaba las riendas y torneaba los pies en los estribos. Yo quería tener esa postura. Me enorgulleció sentir que tenía un sueño en esa admiración; deseaba en serio saber montar bien un caballo.


II) En la gatera

Pisando los trece o catorce años le insistí a mi papá para que me dejara ir a lo de una tía de Buenos Aires. Ella vivía cerca de un haras y sus hijas, Mía y Jimena, pasaban ahí todas las tardes de las vacaciones de verano. En realidad no teníamos mucha relación con esa parte de la familia. Susana era la viuda del hermano mayor de mi papá, con quién él y mi tío Alberto nunca habían tenido una relación muy cercana.
El Haras se llamaba A Turucuto y los dueños eran unos hermanos tucumanos muy conocidos en su provincia; se habían ido secos para Capital cuando eran adolescentes y en menos de diez años se habían llenado los bolsillos de caballos purasangre.
El lugar estaba a diez cuadras del country donde vivían mis primas. Todas las tardes, tipo siete Susana nos llevaba en auto y nos dejaba al cuidado de Juan, el sobrino de los tucumanos.
El calor era insoportable; ni la velocidad del galope nos procuraba un hilo de aire fresco para inhalar. Parecían las dos de la tarde, pero siempre rondaban las siete y media, ocho cuando salíamos a la pista a practicar. Mía y Jimena no daban con el perfil de jocketa; eran más bien grandotas; en cambio yo medía un metro cincuenta y cinco y pesaba cuarenta y seis kilos. Durante una hora dábamos vueltas a una pista bastante bien arreglada; trotábamos, galopábamos y hacíamos cuanto queríamos, no nos vigilaban demasiado. Pero yo parecía ser la única que me lo tomaba en serio; mis primas respondían más bien al mandato familiar de amar a los caballos, o hacer algo que tenga que ver con ellos.
A esa hora en el haras no había mucha gente, más que los jardineros que cortaban el pasto, y Juan, que intentaba darnos un curso de equitación Se daban clases pero solo los fines de semana, y como era verano no había muchas inscripciones porque todos estaban en las piletas de sus countries. Era un paisaje pintoresco para estar en Buenos Aires, muchos árboles alrededor, el pasto verde, caballos de todos los tamaños y colores: alazanes, bayos, tostados. Yo siempre me elegía a Pestaño, un tordillo de dos años. El primer día que llegué al haras lo divisé de entre unos cuatro o cinco caballos más, y me acerqué. Le acaricié el hocico y luego una pata delantera por la parte de arriba. Era el caballo menos arisco que había visto; se dejaba tocar con confianza. Brillaba como si le hubieran pasado blem, y era tan distinguido como un hombre bien erguido vestido con esmoquin.

Entrar a la Escuela de Aprendices fue la barrera entre la diversión y la profesión. Al principio seguía pareciendo solo un juego; yo contaba con los requisitos para ingresar, - peso menor a 60 kilos- y buenas aptitudes físicas: sin musculatura marcada y con resistencia arriba del caballo. Pero a la semana las ganas y el entusiasmo se fueron consumiendo, no tanto por la presión del entrenamiento sino por la de la soledad.
Hacía un año y dos meses que estábamos viviendo en La Plata con toda mi familia, y yo cursaba el penúltimo año de la secundaria. Los demás futuros jockeys de la Escuela eran menores y todos varones. Había solo una mujer, era salteña y tenía rasgos muy masculinos en la cara, pero era de contextura muy chica, manos y pies como de una niña; no duró mucho tiempo, creo que a los tres meses se fue, y yo quedé sola en un ámbito una vez más dominado por hombres. En la partida de ese año eran catorce hombres y yo, y ninguno de ellos se acercó en los primeros cuatro meses a hablarme. Ni siquiera era como cuando empecé a correr en Palermo o San Isidro, que en la gatera o desde el público me gritaban “anda a lavar los platos”; en la Escuela escuchaba solo un eco, el del silencio de la indiferencia. Pero todas las noches mi papá y mi mamá me decían; “vos concentrate en el entrenamiento, de eso te vas a olvidar rápido hasta que te adaptes”.


III) En carrera

A los 18 fue el fin de la Escuela y empecé a correr carreras, primero en el Hipódromo de La Plata y más tarde en Palermo. Arranqué con caballos de un amigo veterinario de mi papá que tenía un haras en la ciudad y algunos caballos purasangre.
Malala era una yegua inmensa que me cautivó apenas la vi cuando la estaban probando un domingo en San Isidro; en esa oportunidad no tenía idea de que unos meses después ella sería mi conducida en mi debut. Había tenido su primer triunfo en una carrera de yeguas perdedoras de 4 años y no cargaba en su lomo demasiadas promesas.
Me levanté seis y media de la mañana y unas horas después me fui caminando hasta el hipódromo sola, despacio tratando de pensar sólo en lo que cruzaba por mi camino. Cuando llegué me quedé un rato en la cafetería charlando con otros jockeys que corrían más temprano que yo. Conocían un poco a Malala porque la carrera de perdedores había tenido eco, pero la imagen en sus mentes parecía borrosa; en cambio yo la tenía presente desde el día en que la había visto en el haras, dando pasos agigantados en un galope relajado y distinguido. Pero más que nada, no podía dejar de lado el orgullo de la primera corrida.

Como suelen hacer muchos jinetes, sobre todo los aficionados, estuve estudiando por varios días la carrera, y armaba un esquema mental, para después darlo por tierra y armar otro, y otro. En uno ganaba por dos cabezas con gran honor, en otro perdía con vergüenza en un rostro poco expresivo. Averigüé sobre los demás competidores, preguntando sutilmente a mis colegas que tenían más experiencia que yo pero que conocía desde mis primeros pasos en la Escuela de Aprendices. Ninguno me dio seguridad, y tampoco los videos de algunos de los otros caballos que había visto las últimas dos semanas.
El ritmo de mi corazón no parecía muy acelerado, pero la boca del estómago me dolía como si al comer algo hubiera quedado en el camino. Sentía un ovillo de energías no liberadas, porque había pasado más tiempo de la mañana tomando café en el cuarto de periodistas que montando en algún lote. Recién cuando me dieron el pie en el paddock para subirme a Malala, la sensación de pesadez se dispersó por todo el cuerpo y me sentí demasiado liviana.
Las tardes sentadas viendo los videos de Taciturno, Mork Amon, Light Blue no me sirvieron de mucho porque las debilidades y fortalezas de cada uno, así como la de sus jinetes quedó en el olvido; no las recordé hasta veinte minutos después de terminada la carrera, cuando un periodista de pasquín me preguntó qué había sentido al correr “mi primera carrera en primera”, mientras sonreía por el hallazgo irónico de la pregunta. Sólo contesté “fue una gran experiencia que tenía que pasar, y a pesar de que salí sexta creo que la yegua corrió muy bien y estoy orgullosa de eso”. Siempre actuando la impronta de jocketa humilde.

Luego, esa sería una experiencia repetida varias veces por semana. Hablar con un periodista sobre cómo había sido la carrera, “qué me pareció que faltó para ganar” e intentando darles una idea de lo que se siente y lo que se piensa técnicamente en la pista cuando el resto del hipódromo se apaga, excepto los sonidos que son básicamente los gritos de los burreros. Aunque esas preguntas apuradas siempre fueron y serán mejores que las entrevistas monótonas y desganadas que se dan excepcionalmente en el cuarto de periodistas del hipódromo, cuando a algún periodista deportivo de un diario se le ocurre la idea de “charlar con vos” para después poner tu palabra como parte de un testimonio en una nota de mayor extensión que trata sobre otra cosa excepto vos.

Una vez que superé las 120 carreras ganadas que me convirtieron en jocketa, la cosa se puso más densa y tuve que lidiar más asiduamente con reporteros interesados por mi vida desde mi primer contacto con los caballos hasta que me convertí en una corredora más del país. Siempre era lo mismo: “y contame, cómo empezó tu amor por los caballos”. Luego de varias entrevistas mis respuestas se fueron pintando de colores brillantes y rosados, mimetizándose con las preguntas: “desde chica supe que mi vida eran los caballos”. Caer en los lugares comunes era lo que buscaban, y eso les di.
Sólo una vez me despertaron del típico estado de embotamiento. Era un tipo que escribía en una revista hípica. En primer lugar empezó a preguntarme sobre un eje distinto al de “sos una mujer en un ámbito con mayoría masculina”, pero eso no me sorprendió tanto.
Estábamos hablando en el Cuarto de Periodistas (para mí, cuarto de periodistas) sobre la siguiente carrera que me tocaba. Yo me levanté para cambiarme en la parte privada, y mientras me estaba poniendo la chaquetilla roja con tres rayas grises y el número ocho, el tipo entonó arrebatadamente: “se anduvo diciendo que Marino te apuró en la última carrera para que desaceleres a su caballo”, y el sonido de una risita disimulada se coló por debajo de la cortina que separaba el cuarto de la parte privada.
Antes de correr, los jockeys firman un compromiso de monta, un contrato donde además de otros detalles, está pactado el monto de lo que el corredor se llevo, en general alrededor del diez al quince por ciento.
En realidad no había sido la última carrera que había montado, pero sí la última vez que conduje a un caballo de Marino. Era un ejemplar de chanta, o por lo menos tenía esa fama, y pude comprobar lo que susurraban en las cuadras del hipódromo cuando me pidió que vaya a menos para así bajar puntos de índice. O sea, quería que me echara para atrás. Pero el muy vivo me lo dijo después de que firmé el compromiso de monta y lo único que me quedó fue hacerme la que no le había captado la idea. Corrí normalmente, como me salió. El tipo no me dijo demasiado pero nunca más me llamó para que le conduzca y tampoco me antoja que lo haga.

Están los periodistas que se entrometen en este ámbito y con los que no logro tener una relación fluida y amena aunque quisiera. Y también están esos otros personajes bien autóctonos: burreros, cuidadores y jockeys. Yo nunca me sentí completamente segura y cómoda con otro protagonista del hípico que no fuera el caballo.

Los burreros son los actores que más atrapan al ojo humano. Están nerviosos todo el tiempo. Eso, los apostadores de larga data, más experimentados.
Un jockey conocido que corría mucho en La Plata hasta hace un año, en vez de mirar carreras anteriores de los caballos o hablar con sus colegas, tenía de informante a un par de burreros viejos de ahí. Según me dijo una vez que corríamos juntos “ellos detienen el ojo donde uno pasa de largo. No sé si son más inteligentes que nosotros, pero no se fijan en la capacidad y trayectoria de los jockeys, sino en la historia del caballo. Y además no te olvides que ven las carreras desde afuera”. A mi me pareció ridículo, pero al tipo no le iba tan mal cuando los burreros le tiraban las cartas.

Los cuidadores son un espécimen extraño. Solo parece interesarles relacionarse entre ellos y no salen de la zona de los boxes excepto para ver a los demás competidores antes de la carrera. Yo siempre los observo detenidamente: caminan mirando adelante, y no desenfocan su mirada de la zona de paddock. Prestan atención a cada caballo o yegua y la manera cómo son ensillados, pero lo que les interesa de presenciar el desfile previo a la carrera es tratar de determinar cómo están puestos; recorren con las pupilas toda a extensión del cuerpo de cada animal, si tienen el pelo brillante o no, si están desganados o nerviosos. Así buscan en la actitud una excusa para pensar que correrán mal y que su caballo será el mejor. Luego se retiran del sector con más público, para mirar la carrera desde sus aposentos dentro del hipódromo.

Los demás jockeys. Ellos están en la misma que uno pero al principio, al ser todos hombres no te la hacen demasiado fácil. Aquella vez que debuté con Malala yo conocía a un par de los jockeys que montaban, pero desde que me dieron permiso en el paddock para subir hasta que sonó el disparo, un hilo de frialdad unió de un extremo al otro a la gatera. En la Escuela ya había sufrido como minoría, pero esta era la carrera más esperada, y al ubicarnos con Malala, sentí que estábamos nosotras solas. Todos concentrados en sus puestos, sin tornear las pupilas siquiera para mirar de reojo. Eso es lo normal, pero en esa tarde me creí traicionada, dejada en el olvido.
¿Por qué la indiferencia hacia la mujer? ¿Por qué creer como burrero que el hombre sirve más por ser el “sexo fuerte”, como en el fútbol o cualquier otro deporte? Si ambos sexos compiten juntos, y el turf es el único deporte en que eso sucede, es porque para dominar a la yegua, potranca, potrillo o caballo no se necesita fuerza. El trato con el animal, la confianza que se le da; la trasmisión de nerviosismo o tranquilidad es una buena cuota del rendimiento de ambos, jinete y conducido, en la carrera.
El caballo. Él es el que más parece entender a los jockeys.

La largada es el instante de mayor concentración. Una milésima de segundo separa un primer estado de nerviosismo que seca la lengua del jinete y hace transpirar la del caballo; y la siguiente fase de desplomo en el peso -antes pesado- del cuerpo, donde la concentración parece seguir pero en el camino, en la tierra, en un punto fijo, y ya no en la idea de que se puede perder.
Sin embargo la lengua deshidratada, el ovillo pesado que se siente ubicado en la boca del estómago y la imposibilidad de dejar de mirar a los demás corredores, no se va ni siquiera en la última carrera de cada reunión.
Estar esperando en la largada y sentir el corazón del animal que late a mil por hora, te acelera el tuyo y no te deja pensar en otra cosa que no sea ganar. El ser consciente de que el resultado de cada carrera depende de una gran cuota de azar a pesar de que uno haya entrenado seis horas al día, seis días a la semana. Uno nunca se acostumbra a ser jockey. Porque no solo está la propia presión sobre uno mismo, sino la que siente el caballo; uno puede sentir sus nervios a través de las piernas dobladas sobre su lomo y de cada zancada suya en el terreno. Es maravilloso sentir cómo cada latido se deja de diferenciar hasta hacerse uno solo; continuo, fuerte, interminable, mientras uno se concentra en no pensar si va primero o último. Pero en simultáneo es inquietante pensar que el dueño del caballo te está puteando porque no pasás adelante. Es sentir la presión de los que apuestan, del cuidador, del dueño; pero es a su vez olvidar lo que hay fuera de la pista, e intentar colarse en cualquier recoveco dentro de ella como si solo estuvieran ahí tu caballo y vos, su jinete, corriendo solo con el fin de cruzar el disco.


IV) Rodadas

La primera carrera que corría esa jornada en Palermo era con empalizada falsa en el codo de la pista. Mi dirigido avanzó unos doscientos metros y al doblar no pudo manejar la velocidad, no llegó a doblar y siguió de largo.
Ese día me habían ido a ver todos mis hermanos y mi papá. Estaban todos apoyados en la baranda cuando pasé desfilando con el caballo. Luego les perdí el rastro porque estaban a tres metros del disco.
Cuando me di cuenta de que seguía viva tenía a mi viejo y mi vieja al lado, desesperados, gritando y pidiendo ayuda. El caballo había saltado la empalizada y en ese instante sentía que volaba por los aires; fue una milésima de segundo hasta que caí, y nada me pasó por la cabeza, ni mi familia, ni el recorrido de mi vida. Mi pensamiento estaba en el mismo vuelo.
Los gritos me desesperaron a mí y enseguida me levanté para aplacar el nerviosismo de mi mamá. Sentía un dolor uniforme en todo el cuerpo, ningún centímetro sufría más que otro, y sentía que todavía estaba en el aire por la liviandad de mi peso. Un minuto después, cuando intenté caminar el dedo chico del pie izquierdo empezó a dolerme, primero como si me hubieran pisado, y después como si me lo hubiera quebrado. Solo era un traumatismo leve.

El primer accidente que tuve en la pista fue el más estúpido de todos. No estaba en carrera. Sólo iba con una yegua de mi tío en una mañana de ensayos, y ella se asustó porque venía otro caballo de frente. Se levantó de manos y se me cayó encima.
Cuando el peso total de un caballo recae sobre el propio uno siente la compresión de las vértebras y los músculos pero no siente todo el dolor. Eso viene después, dos segundo más tarde, cuando el caballo se está levantando y la gente que está en la pista viene a socorrerte. Nadie te deja parar, y tenés que esperar acostada en la posición en la que te dejó la caída. Ahí, de un instante a otro, los músculos empiezan a dolerte, como si te pincharan en todo el cuerpo, cada vez con agujas más grandes. Mientras todos te miran y te preguntan si estás bien, vos estás creyendo que vas a morir porque el dolor se va haciendo cada vez más intenso.
El resultado fue una vértebra fracturada y seis meses de yeso. Un simple accidente me dejo casi un año fuera de las pistas, el más bobo que podía imaginar por la situación en que se dio: distracción mía, en un ensayo, a una velocidad casi nula.


V) Sonriendo para el photochart

Cada vez que pienso en mis primeros años como jocketa, el primer recuerdo que se adelanta a cualquier otro es esa carrera, la que me da con más detalles cada olor y todos los colores de los dieciséis caballos que corrían con Condolezza Slew.
A las siete de la mañana ya estaba levantada, había tomado mi jugo de naranjas diario con galletitas de salvado con queso blanco, y mientras leía el diario las manos ya empezaron a humedecerse. Llegué al Hipódromo de la Plata a las nueve menos cuarto. Calculé con mi reloj: cada veinte segundos entraban por la puerta principal diez personas. En general eran familias con chicos, que hacían notar que no era un día más. Yo nunca entraba por ahí sino por atrás, desde donde lo hacen todos los cuidadores y jockeys, pero ese día quería sentirme parte del público, del que va sin presiones personales, sin nervios, sólo a disfrutar. De cualquier manera no pude sentirlo, y el ver tanta gente me hizo caer en la cuenta de que esa era la carrera más jodida de los últimos meses.
El veinticuatro de noviembre del 2007 se cumplía un nuevo aniversario del Hipódromo, y se corría el Clásico Ciudad de La Plata, Grado dos. Condolezza era la número cinco en la gatera, pero fuera de ella había sentido la presión de la última, de la menos experimentada. Apenas era una potranca de tres años y era su primer clásico. Y aunque yo ya la había corrido dos veces, habíamos perdido contacto por mucho tiempo. Era como una niña tímida que no se anima a mantener el contacto visual con un mayor, ni dirigir una palabra a quien sea; apenas me subí en su lomo, una frialdad me corrió de los talones hasta la cintura como si la potranca no confiara en mí, ni en nadie. Sólo estaba ahí por obligación.
Le pedí al cuidador si podía llevármela un rato, y él me miró con un gesto de quien ve a un loco acechando, levantó solo una ceja y abrió ambos ojos bien grandes; lo entendí como un “como quieras” y, dos horas antes de la carrera, salimos caminando por entre los boxes de la parte de atrás del hipódromo. Una hora después ya éramos compinches de nuevo. La llevé por los pasillos de la parte trasera del Hipódromo a dar unas vueltas. Luego de un rato me bajé, y la trasladé con la rienda, hasta que se la solté. Cuando volvimos al box del cuidador comprendí de un momento a otro que los caballos necesitan, como las personas, sentir que tienen la atención del otro y así apreciarse más libres y relajados. Aquellas para interactuar, y los caballos para correr con mayor valentía, despojados de toda presión.

Noviembre no es el mejor mes para estar con la camiseta, la chaquetilla y esas medias gruesas que te hacen transpirar más allá de los nervios que puedas tener. La entrepierna de los pantalones blancos había tomado una tonalidad marrón, teñida con la montura por mi transpiración.
El Clásico Ciudad de la Plata era mi mayor desafío hasta el momento, a lo que se sumaba que me habían venido a ver familiares desde Córdoba, mi tío Alberto y mis primos. De eso ya me había olvidado cuando nos ubicamos en la gatera, pero al ver los otros animales, saber que ninguno había desertado, y que serían dieciséis caballos más, no me dejaba mantener la mirada al frente como me habían enseñado desde los diez años “para no distraerse y sentirse segura”. En el mismo momento en que pensé en olvidarme del resto del mundo, sonó el disparo de largada. Condo tomó conciencia una milésima de segundo antes que yo de que la carrera había empezado y sentí, como en los dibujitos animados, que había quedado sentada en el aire y ella estaba más adelante, furiosa por mi distracción. Enseguida logré acomodarme y nos amoldamos bien. Al agazaparme mejor, sentí que el viento no pegaba tanto y éramos más aerodinámicos. El paso de la yegua fue cuadrándose y empezó a correr de menor a mayor, pero imperceptiblemente para el ojo distraído de un burrero novato. Veía a los cuatro caballos que tenía adelante andando a la velocidad del viento y a nosotras en cámara lenta.
Es recurrente hasta hoy esa sensación, primero con los sueños de infancia en que ponía todas las fuerzas que tenía en mis piernas pero no avanzaba, y luego como jocketa sintiendo que mi caballo daba larguísimos trancos pero lo hacía tan lentamente que me sulfuraba. Pero eso se terminó con las cuadreras. El tiempo y la pista me ayudaron para que ya no me irrite y esté, en cambio, serena al ver que los demás jockeys no están tan relajados.
Pasó un caballo, el otro y el otro. No entendí como sucedió, yo solo miraba al frente y Condolezza se encargaba de acomodarse al filo de la pista. Remató heroicamente al final y siguió corriendo unos metros más, agitada, mientras el público gritaba. Yo sólo sentía los ecos de las voces, como si vinieron de un lugar más lejano. Era el eco de los gritos que había sentido en mi sueño más repetido: yo, en cualquier caballo, ganando el Clásico, grado dos en La Plata. Pero este estrépito, el real, era más distante, más sordo, porque lo estremecedor ahí no eran los gritos de la gloria. Era el saber que había ganado con una yegua que de los diecisiete competidores, era la menos experimentada pero no había sufrido contratiempos en los 1200 metros, había corrido cómoda y sin las crines de punta.

Esa carrera reúne la sensación de casi todas las corridas de mi vida hasta hoy. Tratar de que el animal confíe en vos y lograrlo, es a veces más relajante y satisfactorio que ganar. Pero ganar una carrera por dos cabezas y saber que después te vas a sacar una foto con los propietarios y su familia, es el momento en que la conciencia da cuenta de que sos el cincuenta por ciento de la carrera.
La impronta de jockey humilde se consume en el mismo instante en que resplandece el flash de la cámara.

1 comentario:

Gustavo dijo...

Lo que mas me gusta de tu trabajo es como presentas a los personajes; primero los nombras y después decis quien es. Es un recurso muy interesante. También me parece muy buena la comparación que haces entre el deporte y el oficio. La verdad que mucho no conocía de caballos y de jockey, y el relato me familiariza con palabras que desconocía hasta el momento.